Desde 2001, el Kampo se enseña en las 82 facultades de medicina de Japón: así entró en el currículo oficial
Casi todas las facultades imparten alguna clase de Kampo, pero solo un 29% cuenta con profesorado a tiempo completo especializado. Radiografía de una integración académica todavía a medio terminar.
Un cambio de política educativa con fecha concreta
Durante gran parte del siglo XX, tras la reforma del sistema médico impulsada por el gobierno Meiji a finales del siglo XIX, el Kampo quedó completamente fuera de los planes de estudio de las facultades de medicina japonesas, sustituido por un modelo formativo basado exclusivamente en la medicina occidental. Esa exclusión formal terminó en 2001, cuando el Ministerio de Educación, Cultura, Deportes, Ciencia y Tecnología de Japón (MEXT) anunció que la enseñanza básica del Kampo se incorporaría al currículo nuclear obligatorio de todas las facultades de medicina del país. Desde entonces, las sucesivas revisiones de ese currículo nuclear han mantenido la exigencia de que los estudiantes de medicina sean capaces de describir las características del Kampo, así como las indicaciones y efectos farmacológicos de sus principales fórmulas.
Una cobertura casi universal, pero desigual en profundidad
Una encuesta a las 80 facultades de medicina existentes en Japón en ese momento —hoy son 82— encontró que prácticamente todas, un 98%, impartían al menos una clase de Kampo, y un 84% ofrecía cuatro o más sesiones a lo largo de la carrera. Sin embargo, la profundidad de esa formación variaba enormemente: el número de clases oscilaba entre 0 y 25 a lo largo de los seis años de la carrera según la facultad, y solo un 5% de los centros ofrecía 16 o más sesiones. La mayor parte de la enseñanza se concentraba en el tercer y cuarto curso, y la formación práctica —con pacientes reales o en rotaciones clínicas específicas de Kampo— seguía siendo minoritaria, presente en poco más de una de cada diez facultades como requisito obligatorio.
El cuello de botella: quién enseña Kampo
El obstáculo más citado por las propias facultades no era la falta de interés, sino la falta de profesorado especializado: solo un 29% de las facultades contaba con instructores de Kampo a tiempo completo, y encuestas sobre formación clínica posterior en hospitales universitarios de la prefectura de Kanagawa encontraron que, aunque un 84% de los responsables de formación reconocía la necesidad de que los médicos supieran prescribir Kampo, un 82% de esos mismos hospitales no tenía planes concretos para introducir una formación estructurada al respecto, y solo un 14% contaba ya con un programa específico. Encuestas más recientes, ampliadas a facultades de farmacia, odontología y enfermería, han confirmado que la selección y retención de profesorado cualificado sigue siendo, dos décadas después de la reforma, uno de los principales problemas pendientes de resolver.
Por qué esto importa más allá de la anécdota académica
Que el Kampo forme parte del currículo obligatorio de todas las facultades de medicina japonesas desde hace un cuarto de siglo es, en sí mismo, un indicador claro de su estatus dentro del sistema sanitario del país: no se trata de una práctica marginal tolerada al margen de la medicina oficial, sino de una disciplina que todo médico japonés, ejerza o no en un centro especializado en Kampo, ha estudiado como parte de su formación reglada. Al mismo tiempo, las propias facultades reconocen que esa integración formal sigue sin traducirse, todavía, en una profundidad de formación uniforme entre centros, lo que explica por qué el nivel de dominio clínico del Kampo puede variar considerablemente de un médico japonés a otro según dónde se formara.